
¿Qué jardines elegirías entre los más nobles de Madrid para descansar?
¿Qué te apetecería tomar en la calle bajo las estrellas?
¿Qué lugar público escogerías para tu intimidad?
¿Qué harías un viernes de agosto en esta ciudad?
Nada mejor que aprovechar el buen tiempo…y los espacios al aire libre.
La noche del viernes pasado volvió a ocuparse la calle en una acción que reivindica el desaprovechado o mal uso del espacio público.
¿Es el encuentro como expresión personal una rebeldía osada, un atrevimiento excéntrico o sencillamente algo natural y por derecho?
Apropiarse del lugar ¿público o vacío (libre = aislado)? y darle la legitimidad de la habitabilidad lo convierte en un espacio significativo y lo hace identitario a través de la creatividad. Nada fue más fácil que llegar y poner la mesa para cenar, haciendo nuestro el lugar y rechazando con delicadeza rotunda la oferta de al lado en terrazas con turistas.
Ya lo dice la gente de ecosistema urbano en La Ciudad Viva: “¿Acaso hay algo que nos impida bajar a la calle nuestros muebles y convertirla en una extensión de nuestra casa? ¿Por qué no transformar estos espacios en extensiones de nuestra personalidad? ¿Por qué no asumir que el espacio público nos pertenece a los ciudadanos y por lo tanto deberíamos tener autonomía para regenerarlo por nuestros propios medios?”
Pues sí, por unas horas conseguimos adaptar el espacio urbano a nuestras necesidades y disfrutar, aunque si recordamos las miradas tímidas y curiosas de los transeúntes al pasar, ruborizados ante la intimidad casera mostrada podríamos pensar que hasta nos consideraron exhibicionistas. Como auténticos voyeurs pasaron los polis en moto.
Claramente fue una oportunidad para desdibujar la divergencia que establecen las “costumbres” entre lo público y lo privado.
¡Y viva la ambigüedad urbano-funcional! (que no la conceptual)
Así que de la forma más espontánea celebramos nuestra fiesta “por la buena vida”.
El mantel de cuadros, la jarra y los platos de la vieja vajilla, las velas y el centro de flores, las sillas de casa y los vasos de la cocina; estos enseres del “espacio privado” y lo cotidiano consiguieron mimetizarse entre el mobiliario urbano _por supuesto no desechamos el generoso banco del ayuntamiento como asiento corrido para unos cuantos_ los setos y las luminarias públicas. Y como si de nuestro salón se tratase, igualmente recogimos todo.
Una cena “por todo lo alto” a la luz de la luna, las velas y las farolas, bajo el ojo Real del Palacio y los célebres Reyes de piedra, casi ceremonial. Solo que si las ceremonias suelen estar aceptadas por costumbres y estatutos, la cena de Comiendo terreno era libre y clandestina.
Una ceremonia de guerrilla que elegantemente planteó una descontextualización del espacio hasta el punto de provocar el desconcierto más absoluto entre el público y las fuerzas del orden.







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